24 ene. 2011

En honor a su nombre

Es frecuente entre los seres humanos nombrar a todo lo que les rodea según su característica principal. Ocurría así en esta comarca, llamando los lugareños a sus picos más altos, Sierra de la Nieve, o de las Nieves. Antaño, esa era su principal característica, pues de blanco se vestía todo y blanco permanecía muchos meses del año. La historia incluso ha tenido el capricho de otorgar el nombre de "neveros" a quienes aprovechaban este recurso natural para vivir (aquí podéis conocer su historia sin aún no sabéis de ella). Ahora todo ha cambiado, no sabemos del todo si por el temido cambio climático; e incluso se hace raro ver la sierra cubierta de nieve. Lo que antes era común, ahora es un lujo para los sentidos, y por eso días como hoy hay que aprovecharlos.

Ya ayer intenté, sin suerte, llegar por Tolox hasta ese polvo blanco que todo lo invade y tantas alegrías nos da fuera de la ciudad y de sus ajetreos (sus aeropuertos, sus autovías...). Hoy sin embargo, mi hermano Ángel y yo, hemos tenido nieve para hartarnos!!! Eran las once de la mañana cuando llegamos con el coche a la cancela del Parque Natural y, por la alerta naranja a causa de la posibilidad de nevadas, estaba cerrada. Dejamos el coche allí, percatándonos de que estaríamos solos en la sierra (al menos por la parte de Yunquera) pues era el único que había aparcado. Subimos hacia el puerto del Saucillo, por aquello de encontrar la nieve antes ya que se encuenta más alto que el mirador Ceballos (aunque luego nos dimos cuenta de que allí había más nieve).

Puerto del Saucillo con marcas de rueda de coche del día anterior
 
El color blanco empezaba a abarcar todo a nuestro alrededor en cuanto comenzamos a andar por la verea, la misma por la que transitaba a menudo un arroyo que daba muestras del inicio del deshielo. Las temperaturas irán subiendo progresivamente, al mismo ritmo que desaparece el blanco para dar paso al color verde en nuestra sierra: es lo lógico en estos tiempos que corren.

El agua se filtra bajo la nieve


Estampas navideñas nos acompañan durante el camino. Pisar nieve virgen te hace sentir un explorador de otro siglo en busca de nuevas tierras, a pesar de que sabes perfectamente que por ahí han pisado muchas personas. Por esos paisajes nos transportamos, no sin trabajo, hasta el Llano de la Casa.






Estamos en la zona conocida como el Llano de la Casa, un pequeño respiro para nuestras piernas durante el cual decidimos continuar por la verea que desde el Picacho de Yunquera baja hasta el Tajo de la Caína. 


Como bien saben mis queridos lectores, a partir de ese lugar, el bosque de pinsapos empieza a escasear. Esto, unido a que la vereda transcurre por una zona desprotegida del cerro, hace del lugar un sitio propicio para pasar frío: la lluvia fina que nos ha acompañado durante casi todo el recorrido, se convierte ahora en un duro granizo impulsado por el viento. Viene a la mente en estos momentos una palabra que te pone los pelos de punta: ventisca. Mi hermano y yo la desafiamos durante un buen rato, pero hay seres vivos que tienen que convivir con ella todo lo que ésta quiera. Hay quien se da por vencido y no aguanta más el peso de la nieve.


Otros, los más, aguantan estoicamente los días duros. No obstante, soportan mejor las nevadas y ventiscas que los días de calor. Incluso han creado sistemas de defensa para resguardarse de la nieve y el hielo: crean una densa capa de ramas en la parte baja del tronco para que así no entren en el interior.




Llegamos al punto más alto de nuestra ruta y la nieve normalmente te llega a las rodillas. Existen paredes creadas por la ventisca de hasta un metro de profundidad y hay veces que entierras tu cuerpo hasta la cintura. Andar se hace muy difícil considerando que vamos abriendo camino, porque somos los primeros en pasar por allí, y que lo mismo pisas una piedra que pisas un agujero o una "aulaga".




Para colmo, con tanta nieve, nos hemos despistado y no vemos la vereda. No pasa nada, sabemos perfectamente la dirección que hay que seguir por lo que proseguimos por donde buenamente podemos. Eso cansa mucho más, y como la mente se agudiza en los momentos de crisis, se nos ocurre lo siguiente: lanzarnos cuesta abajo cual trineos de nieve humanos. Este es el resultado:







Como véis, encontramos entrenimiento más rápido que la vereda y puestos a divertirnos de ese modo, ¿qué mejor que deslizarse durante más de cien metros por un cortafuegos?



Desistimos nuestra idea primaria de llegar hasta el Tajo de la Caína, por un lado por el cansancio y el frío que provocaba el "tirarse por el tobogán", y por otro por el tiempo (había que almorzar en casa calentitos...) Así que fuimos bajando directos hacia la vereda que enlaza el mirador Ceballos con el extremo oeste del Tajo de la Caína. Al llegar a ella se acabó la diversión. El blanco de la nieve seguía haciendo acto de presencia, pero cada vez menos, desapareciendo del paisaje poco a poco, para dejar paso al verde y marrón; colores más frecuentes en la actualidad.



Un arroyo nos puso definitivamente los pies en la tierra. La nieve termina convirtiéndose en agua al igual que nosotros en polvo, con mayor velocidad de la que desearíamos, para acabar en el mar por un camino fluvial como es río Grande.



Los restos de un muñeco de nieve construido en el día de ayer en el mirador Ceballos nos dice que hoy la nieve, aunque escasa, es un lujo del que podemos disfrutar algunos días del año en la sierra que lleva su nombre; la cual tiempo atrás servía de sustento para algunos yunqueranos cuando comerciaban en verano con esos preciados cristales de hielo blanco.



PD: ruego disculpas a los expertos en etimología y los que conocen bien la zona pues el 90% de mis andaduras han transcurrido por la sierra del Pinar y no de la Nieve, pero sin este error a conciencia, la historia no habría cobrado sentido.

1 comentario:

  1. que chulada, jeje. estos dias seguro que hay más peligro de que los pinsapos enfermos quiebren no?? por el peso de la nieve en las ramas y las ventiscas.

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